jueves, 14 de julio de 2011

Martin


Alejado del adolescente y lacrimoso mundo de Stephenie Meyer, de las tonalidades homoeróticas de Anne Rice, o del vampiro adrenalínico que proponen sagas como las de Blade o Underworld, existen películas que se permiten revisar los cimientos sobre los cuales se erige esta figura y que la pueden explotar sin la rigidez de un mito encorsetado por los clichés que tenemos sobre ella. Aunque mi película de vampiros predilecta aún es Let the Right One in (2008), 30 años antes el maestro del cine de zombies había dado en el clavo con Martin (1978) un aporte imperdible al mito del vampiro.


Martin (John Amplas), el posible vampiro, no tiene colmillos, sino que usa jeringas y cuchillas para beber sangre. No seduce jovencitas, sino que las droga para tener relaciones con ellas. No cree en ajos ni crucifijos, sino que se burla de ellos y concluye que la magia no existe. En resumen, Martin es la antítesis de la imagen prefijada que nos ha sido inculcada por el cine. Romero explota ese juego en dos niveles. Primero dirigiéndose al espectador retándolo a dejar de lado todo lo que creer conocer acerca de vampiros. En una genial escena, Martin está siendo perseguido por su tío abuelo Tata Cuda (Lincoln Maazel) quien cree fervientemente que su sobrino es Nosferatu. Cuando Tata Cuda lo alcanza, llevando una biblia y un crucifijo en la mano, Martin lo sorprende vestido con una capa, con la tez pálida y unos largos colmillos, saltando en círculos. Tata Cuda lo golpea y prácticamente lo exorciza. Martin se molesta, se limpia el rostro y escupe los colmillos y le espeta que la magia no existe.

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Martin: Un vampiro para nuestra época de incredulidad


Pero si lo que vemos en pantalla no es más que una enfermedad, o a un asesino en serie trastornado por años diciéndole que es Nosferatu, y todos los flashbacks que acreditarían la vida inmortal (¿no hay una reminiscencia al Gabinete del Dr. Caligari?) no son más que divagaciones de un perturbado que cree tener 84 años, entonces lo que Romero podría estar afirmando es que no solo el vampiro no existe, sino que la magia, la fantasía, los sueños, están siendo aplastados por el tedio de la vida una sociedad industrial económicamente deprimida, cuya mejor metáfora son las carcasas de los autos reducidas a la nada, como la vida de todas las personas de ese suburbio americano. La prima Christina o la vecina Abbie con quien Martin tiene sexo (esta vez consentido), son como la magia, como estos autos hechos polvo. Sin posibilidad de resistir el tedio y desesperanza que los destruye lentamente, el drama del monstruo regresa a su origen, al propio ser humano, en un ejercicio típico del cine de Romero.




No obstante, el monstruo inventado nunca dará la talla ante el horror de su creador. Y Martin, vampiro o no, conocerá el fin más trágico en las manos de su inventor en un final tan triste como poético. Como era de esperarse, el mito sobrevivirá al hombre y este suburbio americano descubrirá que el vampiro no se reducía a un simple mortal, sino que en parte es una enfermedad que todos vamos llevando por dentro. Una película imperdible no solo para los fans de George Romero, sino que por encima de las limitaciones del género, es un genial comentario social nada ajeno a nuestra época.


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