jueves, 7 de julio de 2011

Avatar


Una de las dimensiones para que una película funcione, es que debe decir algo sobre nosotros o sobre nuestra época. Bajo estas coordenadas, se entiende mejor por qué Avatar (2009) de James Cameron funciona tan bien.

Y es que esta película reactiva de manera efectiva ejes temáticos que nuestra cultura los va volviendo el centro de discusión. El discurso ecológico por un lado, la conservación del medio ambiente, la explotación irracional de nuestros recursos por parte de transnacionales, etc. que al final de cuentas es el mensaje que los Na’vi proyectan. Por otro lado se erige un discurso político. El rol del personaje principal, Jake Sully (Sam Worthington) como el del cuerpo científico encabezado por la siempre magnifica Sigourney Weaber, plasman la visión de un mundo abierto a la diferencia, a la posibilidad de lo múltiple que desestructure los centros de sentido totalitarios, que en el caso de la película son personificados por Parker Selfridge (Giovanni Ribisi), el administrador de la minera y por el Coronel Miles Quaritch (Stephen Lang). Esta empresa es la representación de un modelo colonial de explotación preocupada por la acumulación de riqueza aún si deba arrasar la cultura o saberes locales.


Sin embargo, esto es demasiado obvio en la película y ponerlo acá no es más que repetir todo lo que ya se ha alabado de lo bueno de Avatar. Por tanto, pensar en las inconsistencias de la película puede resultar más útil que quedarse en lo que salta a la vista. Es en ese sentido que resulta importante resaltar lo tremendamente conservadora que es Avatar, puesto que el eje narrativo gira en torno al peligro que subyace a la tecnología enfrentada a la naturaleza. Esta última es representada como un todo coherente y sin fisuras se que refleja también en la homogenización de los Na’vi. Esto no es otra cosa que una reactualización de la visión romántica de los exploradores de la tierra incógnita que tiende a sublimar lo que no conoce.

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Los Na'vi


Así, los Na’vi y su cultura son mostrados como una utopía, sin aristas ni incongruencias. Donde pareciera no existir el concepto de poder pues ni siquiera el hecho que existan diferentes tribus puede significar un problema a su concepción como un todo. De lo contrario, la llegada de la minera en una lógica más tangible podría haber significado la lucha intestina de los clanes por la sobrevivencia, el liderazgo o miles de etcéteras. Y como bien señala Marcos Mondoñedo, este escenario podría llevarnos a la ilusión que la diferencia finalmente no existe. Y creo que en eso Avatar sí merece un reconocimiento, pues por un breve momento, hace esa fantasía creíble.

Y esto es Avatar. Una fantasía gráficamente impresionante y sin precedentes. Donde las transnacionales sí reciben su castigo por abusivas y son derrotadas por las etnias locales, donde el saber occidental puede ser horadado para dar paso al diálogo intercultural, donde podamos dejar de lado nuestros cuerpos decadentes y ser un poquito más perfectos. Y azules. Y como no podemos ser todos como Sully, eso aún es un sueño.




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