sábado, 2 de julio de 2011

District 9


Aunque suene crudo, es innegable que pocos factores unen a una comunidad con tanta vehemencia y frenesí, como el odio. El odio al extranjero. Al diferente. A aquel que con su singularidad pone en cuestión nuestra ilusión de universal. La violencia en sí no es sino una respuesta que surge cuando la ficción que garantiza la vida de nuestra comunidad está en peligro por este ser extraño. Y aquí abundan los ejemplos. La homofobia, la xenofobia, la violencia étnica, religiosa y un triste y largo etcétera.

Sobre estas claves, se puede entrar a District 9 (2009), el último film de Neill Blomkamp y producido por Peter Jackson. Bajo la apariencia de un falso documental, con entrevistas a los personajes del film y extractos de noticias, construye una ilusión hiperrealista revestida de ciencia ficción sobre la intolerancia racial y cultural de nuestra sociedad.

Cerca de 20 años atrás, una nave extraterrestre llega a Johannesburgo, confirmando que no estamos solos en el universo. Pero todo el bagaje ficcional sobre ellos se desmorona al comprobar que son una especie indefensa, desnutrida, abandonada. Se convierten no sólo en un lastre para nuestra sociedad pero también en una amenaza cuando intentan relacionarse. La Multinational United (MNU) es un ente supranacional encargado de controlar a estos aliens, que sin embargo tratará de explotar su tecnología, llevando a cabo obscenos experimentos con ellos para poder descifrar el código de los extraterrestres. Pero mientras se trabaja en la imposibilidad de comunicación entre las especies, es importante señalar la propuesta de los dos protagonistas de la película. Wikus van de Merwe (Sharlto Copley), es un agente del MNU responsable de desalojar a estos aliens y llevarlos hacia otro extremo de la ciudad, donde se colige que no serán más una molestia pues estarán controlados e incapaces de seguir subvirtiendo el orden social con sus demandas y presencia. Sin embargo, es expuesto a un fluido que terminará mutándolo en uno de ellos. En esta posición híbrida, es testigo del verdadero y terrible rostro de la MNU y puede conocer al alien Christopher Johnson, quien sólo busca llevar a su gente de regreso a su planeta. Perseguidos, odiados, van der Merwe y Johnson atacan a la MNU para conseguir este fluido que es la clave para la salvación de ambos. Uno para recuperar su humanidad, el otro para poder salvar a su especie. El final es una espectacular vorágine de acción y un desenlace totalmente abierto a interpretaciones y seguramente una secuela.



No cuesta mucho decir que los temas primordiales son el racismo, la xenofobia, la segregación cultural o las referencias al apartheid sudafricano. Pensándolo un poco, quizá la idea no es ver el desastre y las consecuencias de éste, sino qué nos ha llevado a él. Y la clave está como decía al inicio en el odio. La MNU tiene hacinados a los extraterrestres. Los alimenta con comida de gatos, experimenta con ellos, quema sus huevos y sin embargo, ellos son cada vez más peligrosos y desestabilizadores para la comunidad. Piet Smit, el director de la MNU y suegro de Wikus, como Koobus Venter, el despiadado mercenario que trabaja para Smit grafican este punto. Mientras más luchan por acabar con los aliens, más peligrosos se vuelven los sobrevivientes. Cuanto más tratamos de destruir lo que amenaza nuestro sentido, los remanentes se vuelven más poderosos e intolerables. Entonces, nuestro odio a lo diferente no está en realidad en el objeto mismo, en el alien, sino en un lugar más allá de ellos mismos. Me arriesgo a una lectura. El odio se origina desde el momento que este elemento extraño viene a poner en crisis mi ilusión de realidad. Que mi universo es finito, cognoscible, cerrado, terminado. Y lo que hace este elemento desestabilizador es venir a patearme el tablero y mostrar la inconsistencia de mi mundo limitado.

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¿Y quién es el monstruo en esta escena?

Van der Merwe (una suerte de Gregorio Samsa posmoderno) por otro lado también puede brindarnos una clave para salir de nuestras burbujas sociales a través de un proceso intercultural. Y resalto esta palabra para hacer un deslinde de la multiculturalidad que hace énfasis que somos diversos, pero que no nos tocamos. Estamos en nuestros guetos, satisfechos con nuestro etnocentrismo. El reto es salir de este ostracismo. Y seguro es traumático y por momentos alienante al sentir que ante la inmensidad de lo extraño, podemos perdernos. Pero el camino finalmente tiene que llevarnos a un diálogo cultural, observarnos y conocernos mejor. Abrirnos al otro significa tener conciencia de nuestra propia identidad y un respeto hacia el otro. Hacer de lo extraño, algo propio. Y eso lo aprende Wikus hacia el final de la película. Lástima que sea muy tarde a menos que Christopher cumpla su promesa y regrese en tres años. Mientras tanto, podemos especular en una secuela, quizá en una venganza contra la tierra, quizá con que esta nueva especie terminará por desbordar a la intolerante humanidad. El debate es inacabable. Lo que se puede sacar en concreto, es que District 9 es una película fundamental para este siglo. A pesar de estar revestida en el lenguaje de ciencia ficción excede los límites de su género dejando mucho más que la superficie del efecto especial. Dura, brutal, envolvente, imperdible.


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