miércoles, 13 de julio de 2011

Blue Velvet


En las películas de David Lynch, al menos en las que he podido ver, existe un juego casi onírico de contraposiciones. Similar a un contrapunto frenético entre sueños y pesadillas, donde el límite entre ambos termina por difuminarse para terminar, como dice Zizek, siendo la oposición entre dos horrores. En el caso de Lost Highway, era un universo desenfrenado de sexo, criminales y asesinatos opuesto a la monotonía de un matrimonio de clase media. Y varios matices más. Mientras que en Blue Velvet (1986), la oposición va de un plano más general hacia uno más íntimo. Del suburbio idílico norteamericano hacia el siniestro reflejo que soporta esa fachada, como metáfora de los propios individuos que allí existen, entre familias secuestradas, mutilados, sexo sadomasoquista, voyeurismo y terciopelo fetichista.


La historia se centra en dos jóvenes del apacible pueblo de Lumberton. Jeffrey Beaumont (Kyle Maclachlan) y su amiga e hija del jefe de la policía local, Sandy Williams (Laura Dern). Ellos comienzan a investigar el misterio que rodea la aparición de una oreja humana en un descampado. Gracias a Sandy, las pistas llevan a los muchachos hacia una cantante local que está siendo investigada por la policía, Dorothy Valens (Isabella Rossellini). La curiosidad de Jeffrey lo lleva a espiar a Dorothy y descubrir que detrás de su angustia, se esconde la amenaza de un sádico y pervertido criminal local, Frank Booth (soberbio Dennis Hopper) que ha secuestrado al esposo e hijo de Dorothy a fin de convertirla en su esclava sexual, sometiéndola a constantes violaciones. Jeffrey de pronto se ve no solo envuelto en su necesidad de resolver el misterio, sino que cae seducido por el encanto de Dorothy, que termina por poner en peligro su propia cordura e incluso, su vida.

Blue Velvet
Dorothy, la femme fatale

Como decía al inicio, una manera de entrar a las películas de Lynch, es seguir esta lógica de mirar lo que no se ve. Y la primera escena, que es con la que también concluye el film cobra más importancia. Un bombero sonríe a la cámara, mostrando en su recorrido el esplendor del idílico Lumberton. De repente, el padre de Jeffrey que regaba su jardín, sufre un ataque y cae y la cámara apunta hacia dentro del gras, mostrando a insectos y gusanos que viven bajo la superficie, como metáfora de lo que estamos a punto de ver. Juego que luego se repite cuando Jeffrey encuentra la oreja, y la cámara entra a ella, como si fuese un laberinto cuya salida parece imposible. Pero la va a encontrar, saliendo de la misma oreja de Jeffrey hacia el final, como si el horror del sueño hubiese terminado pero dejándonos la duda si ese paraíso al que despertamos no es sino una farsa. Como si el horror del sueño hubiese logrado perennizar su espectral presencia en nuestra vida diaria. O aún más trágico, que ésta siempre estuvo ahí.

En efecto, un tema recurrente en la narrativa de Lynch es que los impulsos destructivos se esconden en la artificialidad de lo que vemos. Incluso, antes de hablar de la fachada de la sociedad sería más adecuando pensar en la confrontación con el lado más oculto de nuestra propia naturaleza. Resulta indudable aquí el aporte del film noir en Lynch y no sólo en la recurrencia de la femme fatale como eje narrativo y de acción de sus personajes, sino también en cómo el “mal” está presente en nuestras vidas. De hecho, una lección de sus películas es que todos somos capaces de hacer mal dependiendo el escenario que enfrentemos. Por ejemplo, Jeffrey que comienza su investigación y decide ayudar a Dorothy, termina envuelto en esta relación sadomasoquista con la cantante y termina golpeándola para brindarle placer mientras esta culpa lo corroe por dentro. Mientras, en ella la línea que la víctima y agresora se hace casi indivisible (tomen como referencia cuando Dorothy es violada por Frank y al descubrir a Jeffrey termina casi violándolo a él). En realidad, si bien Frank Booth hace de Dorothy su esclava sexual al raptar a su hijo y esposo y chantajearla con ellos, lo retorcido está en que esta crueldad, empata con un deseo oculto en la propia Dorothy de gozar a través del masoquismo. De cierta manera, ella termina cuestionando el dominio masculino pues al final, está ganándole a él en su propio juego. La brutal violación de Dorothy entonces termina leyéndose al revés. La humillación no va hacia ella, sino hacia él, lo que de por sí resulta más que paradójico, subversivo.



Entonces, no resulta ilógico que para seguir a Lynch debamos mirar las cosas con extrañeza. Hacer ridículo lo que se presente como serio (como la violación de Dorothy) y tomar un poco más en serio lo que es ridículo (el sueño de los petirrojos de Sandy). Quizá de esa manera se pueda echar más luces a lo que de otro modo pasa inadvertido en la vida cotidiana y en nosotros mismo.


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