domingo, 3 de julio de 2011

American Psycho


Patrick Bateman es un banquero neoyorquino. Joven, adinerado, atractivo, exitoso, con una novia hermosa. Él es una pintura perfecta del hombre contemporáneo que ha alcanzado los ideales que nos propone la sociedad. Sin embargo, existe un detalle casi imperceptible que distorsiona la imagen. Una realidad que vuelve a este bello rostro de la perfección en una mancha informe y desestabilizadora. La pregunta nace por inercia. ¿Qué es este “algo” que se introduce en el sujeto escindiéndolo por completo? Y aún más interesante, ¿cómo este algo no sólo divide al individuo, sino que termina por crear una fisura en nuestra percepción entre lo real y la realidad?


American Psycho (2000), basada en el libro de Bret Easton Ellis, es una película de Mary Harron e interpretada de manera magistral por Christian Bale. Patrick Bateman es un yuppie neoyorquino, un joven profesional base de la cultura del éxito económico y el exceso, un mundo de lujos y frivolidades. Él lo tiene todo y le falta algo. Y sobre esta idea, trabaja la película desde diversos niveles. El más evidente, es la puesta en escena del género del asesino múltiple, en masa para ser específico. Un segundo nivel, que también debería ser claro, es la de la crítica cultural a la sociedad contemporánea. Y finalmente, una última entrada que converge de todo lo anterior, es una crítica al mismo género de cine de psicópatas. Y esto lo veremos poco a poco.



Para poder entender la película, más allá de la superficie del asesino, es necesario tratar de identificarse con él. Bateman es un banquero y esto no es un detalle gratuito sino que es base de la historia. Se nos está diciendo desde el inicio que nuestro personaje está imbricado con la idea del capitalismo salvaje. Aquel que devora, aquel que absorbe o destruye al otro para sobrevivir. No creo que esto sea la causa, pero es innegable que es el contexto perfecto para que el individualismo hedonista impere y acabe con la ficción colectiva. Así, se nos enrostra por completo el efecto corruptor de la prosperidad y el desarrollo en tanto en la sociedad de consumo salvaje se da una pérdida total de los lazos intersubjetivos, donde el sujeto se difumina en la enajenación del sistema capitalista. Este consumismo exacerbado se vuelve palpable a través de las acciones de Patrick Bateman, no sólo por medio del consumo de lo material pero incluso de otros sujetos. La escena más gráfica en este sentido es cuando Patrick está teniendo relaciones con Elizabeth y empieza a comérsela viva. Tanto el canibalismo de Bateman como la necrofagia de la que luego nos enteramos, apuntan a saciar un hambre interna que llene este vacío. Devorar al otro como él está siendo devorado por la sociedad. En ese sentido, es necesario recordar las palabras de Patrick sobre un disco de Whitney Houston, sobre el cual hace énfasis en la búsqueda de dignidad y auto preservación. Dignidad en el sentido de mantener a toda costa nuestra ilusoria plenitud del yo-ideal que se nos demanda y auto preservación en tanto debemos consumir al otro antes que éste nos consuma a nosotros. Por ello Bateman dice que es imposible simpatizar con otros pero siempre podemos simpatizar con nosotros mismos en una idea que desde el inicio del film ya se avizoraba cuando en el restaurante se presenta un plato con reminiscencias a sangre. Y al presentárselo a la pantalla, nos dice que todos podemos ser la comida de otro. Ser devorados por otro en una época que nos obliga siempre a estar por encima de los demás.

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I feel lethal, on the verge of frenzy. I think my mask of sanity is about to slip.


El género de asesinos puede desprenderse como un subgénero del cine de terror, que empieza con los monstruos del horror gótico, como El Golem, Nosferatu, M, el vampiro de Dusseldorf. Sin el revestimiento del horror se da paso a un modelo de criminal más tangible y patológicamente perturbados. Tomemos como ejemplos a Norman Bates en Psycho, Mark Lewis de Peeping Tom o incluso Henry de Retrato de un Asesino. La lógica común de estos personajes era colocarlos en la posición más externa del imaginario social. Seres residuales de la sociedad, incapaces de integrarse a ella, de someterse a una ley pública, sea por traumas de infancia, por una comunidad que no acepta sus singularidades, etc. Pero lentamente, la figura del asesino va transitando hacia una posición más cercana a la conciencia colectiva, cuyo monstruo, cuyo horror, está más cercana a la figura del uno, lo propio, el cualquiera de nosotros, que al otro, aquel que estaba fuera de la sociedad. Esto sin lugar a dudas juega con nuestros propios imaginarios. Tomemos por ejemplo al detective Donald Kimball. Él tiene todos los indicios que Bateman es un sospechoso. Es incapaz de crear una coartada creíble y sin embargo la sospecha no recae en él. Esto es similar al caso de Tesis, donde la sospecha desde el inicio está en el sujeto residual, es decir Chema, y no en el individuo letrado, el profesor Castro, o Bosco, el atractivo estudiante. En resumen, hay un giro evidente en la presentación del asesino. Más próximo y por ello, más aterrador.




Esta escena nos muestra la idea detrás de Patrick Bateman. Esto hace evidente el extremo cuidado de la construcción del yo-ideal para el otro. Desde el comienzo de la película, se nos hace testigos de la escisión del sujeto. Este banquero, personificación de la lógica capitalista descarnada debe soportar una realidad intolerable, que lo asfixia, lo consume en la medida que deposita en él una barra de expectativas que no podrá cumplir, creando este ser ilusorio para este mundo artificial y vacío. No existe un verdadero Bateman. Sólo una entidad, algo ilusorio a partir de una crisis de identidad fracturada. Bateman dice “Yo simplemente no estoy ahí” y es justamente esta experiencia tan cercana al pavor del derrumbe de lo externo y lo interno lo que provoca el efecto horroroso de las capas de superficialidad a través de la máscara de cosméticos. Efecto que se puede ver en muchos otros pasajes que juegan con el reflejo de Bateman.

A partir de esta división, Patrick Bateman se configura como el odio primordial a sí mismo. De su máscara hacia su ser, este espacio estéril y aburrido del mundo. Hastiado de una carrera salvaje al ideal de éxito, hastiado de los otros, de esta inacabable competencia. No hay una escena más clara que la humillación a partir de un juego de cartas de presentación. Como dice Jean-Paul Sartre, el infierno son los otros y precisamente Paul Allen es este otro que debe ser destruido. Es el odio al yuppie, al ser como él que lo devora, escena a la que regresaré más adelante. No es casualidad que Bateman escriba con sangre: Die Yuppie Scum.

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Die Yuppie Scum


Este odio al otro, también se manifiesta por medio de otra dimensión como lo es la relación sexual. El sujeto narcisista del capitalismo, es incapaz de construir vínculos con el resto mientras sólo busca perennizar su propio goce solipsista. La escena del ménage à trois con Sabrina y Christie no sólo refuerza esta idea, sino que nos golpea con fuerza el perturbador goce de Bateman. No sólo es que está gozando a través de su propio reflejo en una suerte de repulsivo éxtasis consigo mismo sino que al mismo tiempo ha nulificado por completo a las mujeres. La mujer realmente no existe. Ya no sólo como sujeto singular pero ni siquiera como lugar donde pueda buscarse el placer. Y la coronación de esta escena es la mano de Christie buscando hacer contacto con Patrick, y él retira con asco su mano para evitar que toquen su reloj.

No obstante, esta película también permite una lectura reflexiva sobre el mismo género de asesinos en masa. Y no se puede empezar sin mencionar a un referente evidente como el film de culto The Texas Chain Saw Massacre que Bateman tiene en su televisor y que luego reaparece cuando lleva la sierra electrica al perseguir a Christie. No es gratuito tampoco que Bateman haga constantes alusiones a asesinos, como a Ed Gein, la inspiración para el ficcional Leatherface. Pero a diferencia de Leatherface, cuya máscara estaba hecha de trozos de otras personas, la máscara de Bateman se construye con los pedazos que puede integrar a sí de una banal sociedad de consumo, como señala Philip L. Simpson, y en realidad hacen de este asesino tan horroroso, pues puede ser cualquiera de nosotros, pero también construye con facilidad empatía con el espectador al sentirlo tan familiar.

Pero quizá la estrategia más eficaz para que el espectador se identifique con el asesino, parte por redefinir el mismo acto de asesinar. ¿Qué hace esencialmente distinto el brutal asesinato de Paul Allen con cualquiera de los asesinatos de Leatherface u otro asesino en masa? Definitivamente es performar el asesinato como una obra de arte o en su defecto, performarlo con altas dosis de humor, que nadie en su (in)sano juicio puede negarle al moonwalk de Bateman. El cine heroifica al asesino, lo despoja de su aura macabra y repulsiva para mostrarnos a un tipo sofisticado, capaz de generar una respuesta estética y por ende, un nexo pulsional entre nosotros y el asesino. Y quizá esto es uno de los elementos mas desestabilizadores de la película y es cómo la audiencia contemporánea y hedonista, reconoce en él su propio y omnipresente vacío interno.




Para finalizar, la última escena de American Psycho es vista como un final abierto. Perspectiva con la que yo no comulgo del todo. En realidad, lo que nos dice a través de este aparente despertar de Patrick Bateman de un sueño depravado, es que la verdad está estructurada como una ficción. El final no debe sólo ser visto como una reivindicación del sujeto y su estilo de vida asegurado en tanto no es destruido, sino que debe verse cómo en el fondo de nuestros deseos, todos somos asesinos. Parafraseando a Slavoj Zizek, el despertar a la realidad cotidiana y pensar con alivio que todo fue un sueño, pasa por alto el hecho que en vigilia, Patrick Bateman no es más que la conciencia de su sueño. Es así, que la escena cierra con un detalle casi imperceptible pero aterrador. En el monólogo de Bateman, a sus espaldas, aparece remeciendo nuestra conciencia un cartel. “This is not an exit”


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