martes, 12 de julio de 2011

Bathory


Mi primer acercamiento a Erzebet Bathory, fue gracias a la magnífica obra de Alejandra Pizarnik, La Condesa Sangrienta. La forma como era retratada, era simplemente seductora aún cuando se hacía un énfasis casi total en las torturas a las que sometía a sus víctimas y poco en la personalidad de Erzebet. Y aunque el foco estaba centrado en sus perversiones sexuales, infidelidades maritales, la brujería y sevicia, por breves pasajes uno podía inferir la fuerza interior, el carácter inquebrantable e independencia de la Condesa. Por tanto, la clave se hallaba en descifrar que la desviación en realidad se encontraba en el rol que la mujer debía cumplir en su sociedad y cultura, del cual Bathory reniega.


Juraj Jakubisko dirige Bathory (2008), película que evita caer en clichés sobrenaturales y en el mito vampírico de la condesa. Por el contrario, el enfoque es más de revisión histórica que permitan comprender la creación del mito. Esto a partir de causas económicas, políticas y religiosas, muy bien trabajadas en el film, que detallan la caída en desgracia de la Condesa y de todo su clan. Lo que queda en claro, es que tan ficticia es la misma historia, en tanto es construida por aquellos que sí pueden hablar.

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La belleza es inmortal

La historia de Erzebet se divide en tres partes enmarcadas en las guerras otomanas en Hungría, durante los siglos XVI y XVII, en donde musulmanes, protestantes y cristianos se vieron envueltos en luchas continuas y brutales. El primer segmento está dedicado a su esposo, Ferencz Nádasdy. La segunda parte, a Darvulia, su consejera y a quien el mito la indica como la hechicera que llevó a la perversión a la condesa. Y la tercera parte, es para Thurzó, el paladín de Hungría y quien acusó y condenó a Erzebet al no poder conquistar su amor.



La casa de los Bathory para aumentar su poder y riqueza se unió a los Nádasdy casando a una Erzebet (Anna Friel) casi niña con Ferencz (Vincent Regan), quien luego se convirtió en uno de los más feroces defensores de Hungría ante los turcos. Aunque las largas campañas y sus innumerables amantes, mermaron su matrimonio con Erzebet, dejándola en un constante estado de angustia y soledad. Hasta que Ferencz le envía como trofeo de guerra a Caravaggio (Hans Matheson), un pintor italiano, hacia el cual la condesa irá sintiéndose atraída. Erzebet encuentra en el amor del artista, un sostén a una vida guiada por el letargo del que despierta solo con la muerte. Ferencz, instigado por Thurzó (Karel Roden), intenta envenenar a Caravaggio, pero es la condesa quien lo ingiere. Al borde de la muerte, es salvada por Darvulia. A partir de ese momento y la muerte de Ferencz en batalla, se desarrolla el contenido más político de la película. Thurzó aprovecha la coyuntura para intentar acercarse a Erzebet y expandir sus propiedades en detrimento de las tierras de Bathory. Ante su rechazo, se alía con la iglesia católica y los Habsburgo que trataran de dividir a Hungría, atacando a Erzebet.

De acuerdo a la película, el estado de locura de la condesa, obedece a manejos externos para poner en tela de juicio su nombre. Al incriminarla en un sinnúmero de asesinatos y transgresiones, inevitablemente tendría que ser despojada de sus bienes y riquezas, que irían a parar a Thurzó y la Iglesia. Cosa que finalmente va a ocurrir, ya que en el juego de lealtades, Erzebet no logra depurar su círculo interno permitiendo que demasiados traidores se acerquen, mientras que Thurzó eligió bien al aliarse con nobles inescrupulosos y con la Iglesia católica, aún traicionando su propia fe.

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La Condesa y el pintor

Jakubisko trata de darle un ángulo más humano y realista a Erzebet. Él afirma que trata de mostrar a una mujer renacentista destruida por rumores. Y en ese aspecto, la representación de la condesa mantiene su seductora aura contestataria e indómita. Podría incluso afirmarse, que el film se sostiene en la defensa de Bathory a su propia identidad, bajo coordenadas de condición social, credo y género. Es ella misma, mujer, amante, madre, guerrera, que no cederá ni antes las presiones de Thurzó ni ante cualquier otro hombre. La derrota de la condesa, viene al negarle esta dimensión de humana y como tal, múltiple e indescifrable. Al reducirla al mito, se niega su nombre e identidad. Que es lo que buscaba Thurzó: olvidarla, esconderla, silenciarla hasta hacerla nada.


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