jueves, 14 de julio de 2011

Shaun of the Dead


Hace un par de días vi Drag me to Hell de Sam Raimi y terminé deprimido por lo absurda que resultó la película, llena de clichés, detalles incongruentes y situaciones forzadas. En breve, una mala película de horror y mi hermano me dijo que admitiera que al menos algunos momentos daban risa. En realidad, esta hibridez entre horror y comedia no es nueva y va desde films que se piensan esencialmente como parodia (Scary Movie) o que aprovechen el exceso de gore para provocar hilaridad, donde el extremo (splatstick) nos hace recordar a cintas como Evil Dead o Braindead.

Sin embargo, estos casos no lograban mantener un equilibrio entre las fuentes de donde bebían. Y esto no tiene que ver con tomarse el film seriamente, sino con tomar todos los elementos y hacer que todos aporten y no terminen opacándose entre ellos. En breve, no tomar el nombre del Horror en vano.
Y esa genialidad la tienen pocos, entre ellos Edgard Wright que con Shaun of the Dead (2004) regresa a las raíces del cine de zombies pero no para parodiarlo a través de gags o bromas fáciles, sino para construir a partir de todo el bagaje de imágenes y “cultura popular” que tenemos del cine de Romero, el escenario para el discurso tragicómico que propone. Una comedia romántica. Con zombies.

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"It's not the end of the world"


Y ese es el gancho del film. Un argumento que transita entre el humor, el drama y su horror a cuentagotas, pero que está lejos de la ligereza de andar por la superficie. Al contrario, Shaun of the Dead pone el dedo en la llaga (del muerto) con un tema con el que cualquiera simpatiza. La crisis de mediana edad y los efectos que esto tiene en nosotros, la complejidad de establecer una relación, cómo aceptar la madurez y luchar contra la monotonía de la vida adulta. Ese individuo es Shaun (Simon Pegg), con 30 años, un trabajo mediocre, problemas de familia, problemas con la novia, ve como su vida lentamente se viene abajo al mismo tiempo que los zombies invaden Inglaterra. Y el resto de la película apunta a cómo Shaun intenta salvar a su madre y a su novia retomando el control de su vida.

De tal modo, uno de los puntos fuertes del film es la crítica mordaz a la alienación de la vida diaria. Producto de trabajos rutinarios que enajenan al hombre, volviéndolo precisamente un zombie de la cotidianeidad. Es por ello tan jocoso el absurdo tiempo que le lleva a Shaun darse cuenta de los muertos vivientes que lo rodean, situación que más se acerca a una extensión de una sociedad que ya lleva un buen tiempo muerta por la rutina. Otra cualidad, es el ya mencionado equilibrio entre géneros. Y la escena que mejor ejemplifica esta maestría es cuando la madre de Shaun es mordida y él debe decidir cuál es el siguiente paso. Es tan fuerte la carga dramática de este momento, que uno olvida con facilidad que se ha estado riendo por una hora. La facilidad para el cambio de registro y la notable performance de los actores, sobre todo de Pegg, permiten que la película transcurra sin sobresaltos ni situaciones forzadas. Por supuesto, todo ello aderezado por constantes guiños a Romero y su legado, como la idea de amaestrar a los zombies y la defensa que hacen del pub que despide un aroma a Day of the Dead o referencias más exquisitas para los fans del género, como la del restaurante Fulci.




En resumen, esta es una película sobresaliente tanto por los cuestionamientos que despierta y sobre todo por la impecable ejecución en ella. Así, calificarla como comedia de horror resulta mezquino. Es más, encerrarla en una categoría cercena lo que Wright propone: una risa y un grito que nos despierte de la monotonía. Y si no hay escape, al menos tomar nuestra zombificación diaria de manera más divertida.


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