martes, 12 de julio de 2011

The Boondock Saints


Uno de los papeles más recordados y memorables de Charles Bronson, era el del vigilante Paul Kersey en Death Wish, quien tomó la justicia en sus manos para acabar con quienes violaron a su hija y mataron a su esposa. A pesar de su crudeza, este film resultó abrumadoramente popular y quizá la respuesta se halle en que frente a una sociedad que no funciona, el deseo de venganza se encuentra en todos nosotros. Aclarando que es una venganza no a un nivel personal, sino contra un enemigo más grande. La misma sociedad que nos ha fallado. No por gusto, si la venganza es un tema recurrente en muchas películas, aquella que engendra a los vigilantes toma mayor preponderancia en las últimas décadas del siglo pasado, a medida que nuestra confianza en la sociedad va disminuyendo.

Una de estas películas es justamente The Boondock Saints (1999) de Troy Duffy, la cual curiosamente es considerada por muchos como una película de culto mientras que por otro lado es masacrada por los críticos con tal furia que inevitablemente tenía que verla.
Porque como todos sabemos, estos críticos están tan intoxicados de sí mismos que su opinión se forma antes ver la misma película, y cuando llega al final, esta opinión implacable obtura cualquier interpretación del film. Y mi punto es que Duffy hace una película ligera, graciosa, adrenalínica, pero para nada vacía. Inteligentemente pone sobre el tapete un tema sensible a nuestra idea de sociedad.

Cuando tres rufianes rusos se meten con Connor (Sean Patrick Flanery) y Murphy McManus (Norman Reedus), e intentan matarlos, los McManus en un acto de desesperación terminan asesinándolos en defensa propia. La policía a cargo del agente del FBI Paul Smecker (Willem Dafoe) los felicita por su acción. Pero los hermanos ven en esta acción, un llamado divino a acabar con la escoria de la sociedad. Junto a su amigo Rocco (David Della Rocco), se embarcan en una misión por barrer su ciudad de mafiosos rusos e italianos y cualquier individuo que sea una amenaza para la gente. Hasta que la mafia decide ponerle un alto a la situación y trae al único hombre que puede pararlos, Il Duce (Billy Connolly). Además, Smecker está tras sus pasos, aunque duda si los McManus son en realidad un enemigo o pueden ser la solución que la ciudad necesita.

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In nomine patris et fillii, et spiritus sancti

Más allá de la espectacularidad de la película, subyace la idea del vigilante y la necesidad de éste. Y allí está toda la potencia del film. En ningún momento, los “santos” (como son apodados por la prensa) son catalogados como héroes sino como vigilantes. La justicia del héroe, apunta a un individuo que no se sitúe por encima de la ley, sino que trabaje junto a ella. Es decir, dentro de los marcos de la legalidad, con una sociedad mínimamente consistente donde cada individuo se somete a una autoridad superior. Incluso el héroe. El vigilante por otro lado rompe este contrato social. Él es llevado por un goce solipsista que lo sitúa por encima de la ley, volviéndose juez y verdugo puesto que ya no existe esta autoridad superior que nos protege. El vigilante es el rostro del desmoronamiento de la sociedad. Y por ello es comprensible que surjan lazos de empatía con él, pues precisamente se puede decir que en la posmodernidad la utopía de la sociedad se encuentra en declive, dando paso a éticas individuales y narcisistas que proliferen en detrimento de la colectividad. Y hay dos escenas claves en este film al respecto. La primera, es la confesión de Smecker, quien totalmente ebrio entra a la iglesia (eso no es por gusto, pues en una película tan cargada de elementos religiosos entrar ebrio a la iglesia no solo es contestatario, sino que denota que ya no creemos en nada. Ni en Dios, ni en la ley de los hombres) y le dice al sacerdote lo que piensa de los McManus. Y la segunda escena, es el juicio del mafioso “Papa Joe”, en el cual la gente expresa su desconfianza sobre el resultado del juicio.



Por supuesto, sin necesidad de pensarla mucho, igual se puede disfrutar la película. Visualmente es muy buena. Tampoco existe un punto muerto, así que resulta agradablemente fluida. Respecto a las actuaciones, tanto Fladery como Reedus realizan una labor convincente, pero las palmas de lejos están para las perfomances de Rocco y sobre todo la de Dafoe. No recuerdo haberme reído tanto en una película que mezcle tanta acción y humor negro y que al mismo tiempo me quiera decir algo. A ojos cerrados, una película recomendada.


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Ángeles de la Muerte


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