martes, 12 de julio de 2011

The Expendables


Para cualquiera que haya nacido en los 80 y crecido viendo cine de acción, ver cabalgar a Rambo y con una flecha destruir un tanque soviético, era la cosa más natural del mundo. De hecho, habían ciertas verdades de las cuales el género de acción no debería moverse. Una de ellas, es que no existen los grises. Eres blanco o negro, bueno o malo. Americano o de cualquier otra nacionalidad. Segundo, que el personaje central podía tener todos los errores imaginables, pero era esencialmente heroico. Me refiero, a que estaba tan dedicado a una causa superior a él, que moriría por ella y eso lo hacía admirable. Tercero, y esto era la trampa de este género, el héroe es inmortal. Puede caer bajo una lluvia de balas o un alienígena hace explotar el mundo alrededor, el héroe no morirá, evitándonos una carga dramática que no tiene que ver con el género.


Sin embargo, el género cambió. O mejor dicho, el mundo cambió. Ya no podíamos seguir creyendo en grandes verdades, ni la democracia de Occidente, ni el comunismo de la otrora URSS. Así que lo único que quedaba, era que el sujeto creyera en sí mismo. Daniel Craig en Casino Royale, Vin Diesel en XXX, Matt Damon en la trilogía de Bourne, entre otros, se encuentran motivados más por el hedonismo o cualquier agenda personal que por una verdad por la que el hombre daría su vida. Los héroes cedieron el paso a sujetos envueltos en un estado paranoico donde estaban solos en el mundo sin poder confiar en nadie, en el mejor de los casos, o incluso en individuos cínicos que ponían sus armas al servicio de una buena oferta.



Y allí entra Sylvester Stallone con The Expendables (2010). Él sabe leer muy bien la época ya que sus personajes son precisamente un grupo de mercenarios, “héroes” en la lógica del mercado pero que mantienen un código ético que pone su “heroicidad” entre paréntesis. Es decir, hay un resquicio que aún no termina de ser conquistado por la época. Por ello, es básico resaltar que el líder de este grupo Barney Ross (Stallone) rechaza la oferta económica del agente de la CIA, "Mr. Church" (Bruce Willis), y todo la aventura es sólo por ellos. Por reencontrar aquello que hacía a los héroes de acción admirables. El corazón de la película, se halla en la conversación entre Ross y su antiguo compañero Tool (Mickey Rourke) quien al recordar sus acciones en Serbia, pensaba cómo dejó morir a una civil, mientras lloraba con amargura pues en ese momento se percató que ya no creía en nada.

Ese hecho da sentido a todo el film. Estamos en una época donde no creemos en absolutamente nada que no seamos nosotros mismos. Y Ross siente esta angustia. Cuando conoce a Sandra (Gisele Itié), la hija del presidente de este país prehistórico de Latinoamérica, porque Latinoamérica como en un buen film de acción siempre será atemporal y homogéneo, le da la oportunidad de escapar con ellos pero Sandra se niega pues cree en su país. Cree en algo más que su supervivencia, que una idea puede estar por encima del individuo. Esto es la rareza de la época, lo que remueve a Ross a cuestionarse a sí mismo y por ende, a replantear al héroe. Evidentemente, lo que viene a continuación es la envoltura de la idea, plagada de balas, geniales escenas de acción, pelea, explosiones, que sin llegar al nivel ultraviolento de Rambo (2008), son memorables.

Pero no deberíamos perder de vista, que el film es una parodia de sí mismo, de un género que ya no puede engancharse en nuestro tiempo. Por ello exuda nostalgia, además de testosterona, pues vemos hacia atrás en busca de modelos a los que ya no damos cabida. The Expendables es un simulacro de regreso, pues ellos saben que no podrán volver a un mundo que ya no les pertenece. Lo que no quita que no puedan irse a lo grande. Sly, eres un capo.


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Stallone, Li, Couture, Crews & Statham

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