viernes, 26 de agosto de 2011

The Joneses

Como dice el Dr. Hannibal Lecter en el Silencio de los Inocentes (Demme 1991), “comenzamos a desear lo que tenemos a nuestro alrededor”, lo que observamos con codicia en los otros, lo que ellos tienen y nosotros no. The Joneses de Derrick Borte (2009), apuesta a esa dialéctica entre el exceso y la falta: completar todos nuestros engreimientos y deseos, para estrellarnos siempre con la constatación de que nos falta algo. El film es un claro comentario sobre la sociedad de consumo contemporánea, pero localizado en el núcleo icónico de esta cultura: el suburbio de clase media alta norteamericano. El lugar donde la sociedad de posguerra y el baby boom, estabilizo el formato de la familia nuclear, permitiendo que la oferta de variadas mercancías y experiencias sociales sea plenamente requerida. Esto no llama la atención en el soporte cinematográfico, de hecho el suburbio es uno de los escenarios cruciales del Hollywood de los últimos 50 años. El nombre del film tampoco es casual, proviene de un viejo proberbio norteamericano "Keeping up with the Joneses" que fue popularizado a partir de una tira cómica de los primeros años del siglo XX en donde se enfatizaba como las personas y las familias se definen socialmente al compararse con la capacidad económico-material y el estatus de sus vecinos. En este caso, nombrados con un "apellido común": los Jones. 


En este film se introduce una novedad que en algún sentido ya había sido advertida por The Truman Show de Peter Weir (1998). Ahí, Jim Carey vivía en un mundo ficticio, inventado para el, un niño que había sido criado en un estudio de televisión inmenso y que su vida era transmitida en vivo a todo el mundo. En ese contexto, la serie aprovechaba su gran audiencia para hacer publicidad subliminal de diferentes productos. En The Joneses sucede algo similar, pero potenciado. La familia Jones, quien acaba de mudarse a un nuevo barrio, no es en realidad una familia, sino un equipo de vendedores de una especie de tienda por departamentos, que se encarga de inocular el deseo en sus vecinos. El padre, Steve (David Duchovny) muestra los últimos palos de golf, su moderna podadora de césped, su ropa deportiva y sus lujosos carros. Kate, la madre (Demi Moore), arrasa en los spas y peluquerías, mostrando cremas y artículos de belleza; también en cuanto madre, promociona en una de sus fiestas de agasajo, exquisita comida congelada (sushi e italiana). Jenn, la hija (Amber Heard), posiciona la última moda en las jóvenes de su escuela, y Mick, el hijo (Ben Hollingsworth), es un héroe para sus amigos, tiene la última patineta, instrumentos musicales, y hasta introduce a los incautos en una nueva bebida alcohólica para adolescentes.




Un asunto interesante, relacionado a la forma como la gente se socializa en relación al consumo es que el hecho de que los Jones practiquen una actuación, nos sugiere que en la vida misma, estamos siempre saltando de una performance a otra. De un deseo a otro, de una pareja a otra, etc., como si no supiéramos quienes somos y que queremos. Esto permite interpretar que, es en la intersección entre las fantasías simbólicas (que nos vende la publicidad) y nuestra esencia incompleta (castrada, insatisfecha), que se produce nuestra realidad, nuestra libertad. Los Jones son la familia imaginaria que vive el sueño americano; con imaginaria me refiero a que lo que tienen no es real. El asunto es que al simular publicitariamente (imaginariamente) que viven el sueño americano, lo reproducen y lo sostienen materialmente. Así funciona la ideología de la industria cultural.

Pero The Joneses, quiere develar el fantasma de la sociedad de consumo, no reforzar su perversión capitalista y deshumanizante, por eso inserta varios acontecimientos, que nos van desnudando la fragilidad de nuestros vínculos fetichistas con las mercancías y las pulsiones que estas nos generan. Hacia el final, de una manera descarnada, se nos invita a presenciar el extremo patético del sujeto que vive de la burbuja del crédito, con dinero que no existe, gastando lo que no se tiene para estar a la altura. Cuando las cosas se ponen feas y superan el jueguito de las ventas y la ostentación publicitaria, el propio perpetrador (Steve Jones) se auto-desenmascara, esperando que su familia lo siga, sobre todo su pseudo- esposa.

Por ello el final otorga un nuevo sentido a las cosas. Un desenlace que no puede criticarse tan fácilmente por caer en el cliché del amor que supera el cálculo y el "todo tiene un precio". Si en la sociedad contemporánea se quieren cambiar las cosas, también son necesarias decisiones y utopías que comiencen a nombrar formas sociales alternativas a la orgía consumista y robótica que la globalización económico-cultural impone. Por eso es que The Joneses es cine-arte, porque dentro de la maqueta de Hollywood, desnuda los fantasmas simbólicos que nos constituyen, y le dice al público popular (a su cultura) que siempre hay una salida.



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