viernes, 28 de septiembre de 2012

Die Welle

En el libro El Tercer Reich. Una nueva historia de Michael Burleigh, se afirma que Heinrich Himmler prohibía el ateísmo entre los rangos de la SS. Himmler estaba convencido que el ateísmo era una forma de egoísmo que colocaba al individuo en el centro del universo, idea totalmente opuesta a los principios y fundamentos con los que se adoctrinaba a miembros de la SS en donde se valoraba más lo colectivo sobre lo individual. Hoy en día, el concepto de colectivo, y en ocasiones hasta la misma noción de comunidad, tienden a ser vistas como ideas coercitivas a la libertad del sujeto. Si bien es cierto que la experiencia del mundo con los terribles y criminales regímenes fascistas de principios del siglo XX, son un motivo pero no la razón única para que el sujeto se distancie de la ficción colectiva.

En todo caso, lo innegable es que actualmente somos testigos que el sujeto contemporáneo ha dejado totalmente de lado el concepto de deber-ser del individuo para la comunidad a favor de potenciar su deseo individual, de un goce hedonista por encima de metas colectivas. Nos encontramos ante una imposibilidad de creer en una comunidad homogénea y sin fisuras. Crear lo colectivo, a partir del sacrificio individual, es una noción que está por siempre perdida. Está totalmente manchada y bajo sospecha.



Esta es una entrada para comprender la fantástica película, basada en el experimento del profesor norteamericano Ron Jones, Die Welle (La Ola, 2008) de Dennis Gansel. Este film piensa sobre la emergencia del fascismo en una Europa democrática, y sobre todo en Alemania, que se supone está ya curada de su pasado. La historia se centra en el profesor Rainer Wenger (Jürgen Vogel), quien dicta clases en una escuela de la otrora Alemania Occidental, y lleva a cabo un experimento sobre autocracia con sus alumnos, quienes estaban convencidos que ideologías como el nazismo son incompatibles en la moderna y liberal Alemania. Wenger, quien además es entrenador del equipo de waterpolo del colegio el cual es incapaz de ganar un solo partido por su falta de cohesión, trata de explicarles no solo a través de palabras sino de actos y comienza reordenando a sus alumnos, desde la manera de sentarse, de hablar, de estudiar, de vestirse. Todo a favor de potenciar la idea de grupo eliminando las diferencias entre ellos, como la disparidad de rendimiento académico, la de clases sociales, la de origen étnico (es importante notar la presencia del estudiante turco y los de Berlín, tratados como ciudadanos de segunda clase, pobres e ignorantes por sus compañeros occidentales), etc. Los alumnos, al inicio del experimento muestran reticencia a este, algunos saliendo de la clase. Pero poco a poco, mientras el sentido de grupo influía en ellos, fueron aceptando las reglas de Wenger. Incluso cuando la idea de ser parte de un colectivo y comprobando los beneficios de este (los matones del colegio ya no podían hacer presa fácil de los alumnos de esta clase, pues se defendían entre ellos), deciden tomar un nombre: La Ola y además adoptan un saludo que los identifique. El experimento va tomando vida propia, y otros alumnos fuera de la clase tratan de entrar a La Ola. Esta, sale de los claustros del colegio hacia la ciudad, llenándola de grafitis pero chocando con los grupos anarquistas locales. Un par de alumnas que habían formado parte de la Ola, pero renunciaron, se percatan de la peligrosidad de este movimiento, como un lavado de cerebro, y tratan de denunciarlo. Efectivamente, Wenger se percata que el experimento se sale de control al comprobar que algunos alumnos lindan con la violencia y decide terminar todo en una suerte de mitin, donde resalta la importancia de La Ola y la necesidad de exportar este grupo a toda Alemania aunque tengan que eliminar a quienes se opongan, mientras los alumnos vitorean a su profesor. Ese es el preciso momento, en el cual Wenger les enrostra su cinismo. Es decir que ellos eran conscientes de lo que hacían, y no por presión, sino porque disfrutaban hacerlo. Aquello que habían negado una semana atrás, les ha ocurrido, la identificación con la amenaza fascista los había llenado por completo sin poder decir que cada uno no fue responsable de cada acto y decisión tomada.

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"Fuerza a través de la disciplina. El poder de la unidad."

El final es una completa tragedia que castiga de modo descarnado el ascenso de una ideología potencialmente peligrosa. Sanciona a Wenger y a los alumnos por haber sido capturados por esta y reavivar el fascismo, de un modo mucho más severo que en la obra original de Jones. Una conclusión totalmente lógica aunque yo no esté de acuerdo en su totalidad, lo cual trataré de explicar de a pocos. Resulta evidente que todo el film está hecho para alertar y castigar esta ideología que los mismos alumnos empatan con el nazismo, y es que como afirma J. C. Ubilluz [1], el nazismo se establece “como el “Mal radical” de nuestra época, el Mal que no debe repetirse “nunca más” y que, sin embargo, siempre amenaza con repetirse.” Por tanto, decía que era lógico que en una película europea, sobre todo alemana, que concibe al totalitarismo como una amenaza del estado moderno, no solo cuestione esta ideología sino que busque contenerla desde el reconocimiento de su existencia. No nos vayamos tan lejos en el tiempo y recordemos el pavor europeo cuando Jean-Marie Le Pen llegó segundo en la carrera por la presidencia en Francia en el 2002 o la emergencia de Amanecer Dorado en Grecia que accedió al parlamento helénico en el 2012.

Sin embargo, se puede trazar una contralectura (equivocada o arriesgada en el mejor de los casos) al film que cuestione precisamente enrostrarle los vicios a lo que considera como totalitarismo y no percatarse en los vacíos de su propio punto de vista. Para ello, partamos por identificar a los actores y su posición frente a la Ola. Por un lado, están Wenger, un profesor que escucha punk rock, y prefería dictar una clase de anarquismo antes que de autocracia. Además, los alumnos que se enganchan con la ideología de la Ola, como Sinan (Elyas M'Barek), un estudiante de ascendencia turca, Dennis (Jacob Matschenz) llegado de la otrora Alemania Oriental, Kevin, un chico de clase alta, Bomber, un bully y sobre todo Tim (Frederick Lau) un muchacho marginado, tienen en común un desarraigo con sus propios compañeros, divididos en pequeños colectivos o comunidades éticas. Es decir, que el vínculo social entre los alumnos no se traza sobre ideales comunes, sino sobre un modo de goce y una relación entre individuos identificados con sus particularidades. Tenemos a los chicos unidos alrededor del skateboarding, del consumo de drogas y alcohol, de la música, lo étnico, etc., a partir de crear y ser partes de un grupo de similares, de varios como uno mismo. Esta imposibilidad de lazo transversal entre los diversos grupos, degenera en una incapacidad de comunicación que se hace palpable con el pésimo desempeño del equipo de waterpolo, en el cual los alumnos no solo no confían el uno en el otro, sino que sabotean su propia performance en contra de los intereses del equipo. Precisamente, la Ola y el sentido de unidad a partir de homogenización, les permite saltar esas diferencias y oposiciones intrínsecas de los pequeños colectivos y abrazan con entusiasmo la posibilidad de un colectivo social que los inscriba a todos.

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En esa misma línea hay dos alumnas, Karo (Jennifer Ulrich) y Mona (Amelie Kiefer), que rechazan la ideología que es propuesta por Wenger y tratan de combatirla. En una clase cuando discuten qué factores favorecen una dictadura, Mona inmediatamente califica al nacionalismo, visto en Alemania 2006, como un elemento nefasto y alienante para el individuo. Sinan desde su posición de alemán de segunda generación, al contrario resalta que la identificación del pueblo con sus colores y símbolos nacionales, le permiten aún pensarse como un grupo cohesionado, y a él como hijo de migrantes, ser parte de un todo que fuera de ese contexto deportivo, lo tienden a rechazar. De hecho, el fútbol es lo más cercano que tenemos a seguir creyendo en las ficciones colectivas, por ello no es gratuito la referencia del film al mundial del 2006 o en su defecto al deporte en general -el equipo de waterpolo-, en donde todos tenemos uniformes, cantamos himnos y sacamos banderas, orgullosos de creer que aún somos una comunidad con sentido. Es sin duda, la superficie de la homogenización y la comunidad idílica, donde todavía todos somos uno sin sentir culpa. Y saliendo del marco de la película me atrevería a decir que hasta es promovida, porque es totalmente segura. Esa homogenización que permite creer en un sentido, es totalmente funcional al mercado (quién no compra el merchandising de su selección nacional) y dura poco. Sobre todo si eres peruano, cuyo equipo casi nunca gana. Regresando al film, unos días después ambas alumnas se retiran de la clase cuando se aprueba la idea de llevar uniformes, y comienzan una propaganda para detener el proyecto argumentando el peligro del nacimiento de un colectivo y la identificación de este con el profesor, es decir, la sinécdoque alrededor del líder. El Uno y todo, que nos remite al histórico discurso de Rudolf Hess que decía que Alemania era Hitler y Hitler era Alemania. Pero ello por supuesto encierra el peligro de la anulación del sujeto en la ideología. Ambas alumnas, denuncian que la asimilación de la diferencia por la promesa de un bien mayor, ergo la pertenencia a un gran colectivo, es una amenaza que se debe rechazar. Este cuestionamiento al universalismo deja como lección que la inscripción del individuo en estos proyectos políticos resulta peligroso pues atenta contra la singularidad y particularidad del sujeto.

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Karo ve peligrar la supervivencia de su individualidad

Y si bien Karo y Mona son la voz del hombre posmoderno que sospecha de cualquier proyecto utópico (visto como totalitario) que atente contra la libertad individual, también encarnan la incapacidad del hombre de cuestionar y reformular el actual status quo. Si Martin Heidegger en Ser y Tiempo nos decía que el hombre es un ser esencialmente social, ahora la subordinación al colectivo se piensa como enajenante y un suicidio de la subjetividad individual. Y esto graficado no solo a partir del personaje de Tim que degenera en una suerte de Joseph Goebbels (recordemos a la familia Goebbels en La Caída, en donde no conciben una vida post-nacionalsocialismo y terminan quitándose la vida) y su devoción a La Ola y su líder-profesor, pero también cuando el propio Wenger percibe a La Ola como peligrosa. De acuerdo a la película, la emergencia de la ideología crea dos polos. El malo, por supuesto es el fascista y el sacrificio del uno en pos de un colectivo homogéneo. El bueno entonces se infiere que viene por el lado del individualismo y la defensa de lo particular por encima del colectivo. No obstante, esto despierta la pregunta si actualmente nuestra sociedad es incapaz de pensarse en comunidad y en un proyecto político. Luego que Wenger les demostrara a sus alumnos el desastre que es inscribirse en la ideología, uno de ellos le pide reformular La Ola. Es decir, eliminar los vicios y potenciar las virtudes que ellos habían encontrado. Valga decir, no solo haber resuelto la segregación de los pequeños grupos, sino renovar su convicción en una civilización universal y un proyecto político en conjunto. Pero Wenger trae todo abajo. En palabras del profesor, eso ya no tiene arreglo, es imposible y está condenado al fracaso. Y uno debe colegir que cuando les ordena detener La Ola e ir a casa, es olvidarse de todo y seguir como estaban antes, en la seguridad de la posición de Mona y Karo, del mundo tal como está.

Ahora bien, la condena a posiciones radicales es algo necesario. Pero si leemos la película de otra manera, el final se queda a medias pues solo critica la aparición del fascismo pero no que el individualismo conlleva a la reclusión del sujeto a grupos cada vez más reducidos centrados en particularidades y que inevitablemente se vuelvan antagonistas. Veamos sino la animosidad entre la Ola y los anarquistas, o antes de la Ola, entre los alemanes de oriente y de occidente, etc. Mantenernos solo en resaltar la alerta de lo negativo de Die Welle, nos impide ver el error de creer que nuestro actual orden global ha llegado para quedarse, basado en la potenciación del desarrollo del individuo por encima de cualquier noción colectiva, un narcisismo impulsado o mejor dicho “capitalizado” por el capitalismo. Esto por supuesto, nos lleva a creer que no existe o no se permite la posibilidad de imaginar y formular un nuevo horizonte. Y más que seguir con el ojo vigilante en el pasado, no poder volverlo hacia un futuro, resulta deprimente.

[1] La pantalla detrás del mundo. Las ficciones fundamentales de Hollywood. (2012) pg. 214. 

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