lunes, 3 de septiembre de 2012

Charlie & the chocolate factory


En 1971 se filma el musical Willy Wonka & the Chocolate Factory,  adaptación de la novela de Roald Dahl de 1964, en donde un niño atravieza una serie de peripecias al interior de una extraña fabrica de chocolates. En 2005 Tim Burton revive la historia incorporando sus propios componentes narrativos y haciendo explicito el mensaje sociopolítico detrás de la historia de Dahl.

Charlie Bucket (Freddie Highmore), es un niño muy pobre en alguna ciudad industrial-futurista de Norteamérica, que vive muy cerca de la fábrica Wonka, un complejo fabril inmenso en donde se prepara el mejor chocolate del mundo. Si en el pasado la fábrica Wonka funcionó como una organización típica de la división del trabajo capitalista –numerosos trabajadores realizando tareas especializadas-, en la actualidad, Willy Wonka, el excentrico dueño, ha despedido a todos los empleados para evitar  que puedan robar sus recetas secretas. La fabrica cierra momentáneamente hasta que un día, sin que nadie en la ciudad lo note, comienza a funcionar nuevamente. Nadie entra  ni sale del recinto,  pero la producción y la distribución se mantienen estables.  Se comienza así, a producir mitos sobre quienes operan las maquinarias, y sobre la locura de Wonka. De pronto, millones de volantes anuncian un mensaje de Willy Wonka. Este ha decidido esconder cinco premios (boletos dorados) en cinco barras de chocolate que serán distribuidas en todo el mundo. Los cinco niños que encuentren los chocolates premiados, podrán pasar un día en compañía de sus padres (tutores) en la fábrica, guiados por el mismo Wonka.


Aquí comienza claramente la simbología del film. El primer ganador es un niño gordo y gloton de Alemania, etiquetado como el hijo de unos rústicos y rurales productores de salchicha. El premio simplemente ha sido encontrado por gula, es decir, a más chocolates tragados, más posibilidades de encontrar la barra premiada. Mientras tanto, el mundo y los medios masivos siguen frenéticamente las noticias acerca de los ganadores. La segunda es la engreída niña Veruca Salt, hija de un magnate capitalista ingles que se dedica a la distribución de nueces. El padre reconoce rebozante que ante la insistencia de su hija compro “cientos de miles” de barras de chocolate, para satisfacer la demanda de la pequeña Veruca. Para desempaquetar los “cientos de miles” de chocolates, el magnate Salt pone a sus empleados de su fabrica de nueces a trabajar. “¡Papi, quiero mi boleto dorado!, ¡quiero mi boleto dorado!”. Finalmente cuando el boleto es encontrado y la niña satisfecha, la pequeña y despreciable Veruca, mira a su padre y le dice “¡Papi, ahora quiero un ponny!”. 


Yannis Stavrakakis, el crítico cultural griego ha llamado la atención de esta escena en particular, para introducir un comentario sobre la lógica repetitiva e inacabada del consumismo. El consumismo se asienta sobre la constante incitación a conseguir un objeto que satisface nuestro deseo, y que una vez que es conseguido, pierde toda su consistencia, necesitando transferirse a otro objeto. Esta lógica entonces juega permanentemente a recordarnos nuestra dialéctica entre la falta y el exceso. En términos psicoanalíticos, esto remite a lo que Lacan llamo el “pequeño objeto a”. Eso a lo que nos aferramos y que creemos que es el sentido ultimo de nuestras vidas, aquello que nos completa o satisface (los bienes materiales, el amor de una pareja, el éxito profesional, la acumulación económica, etc.). En realidad “el objeto a” recubre una falta, un agujero que es innato a todos los sujetos, que necesita ser revestido de fantasías y mercancías para darle un sentido a la vida en el contexto del narcisismo capitalita contemporáneo. 

Las empleadas del Sr Salt, buscando el boleto dorado para la engreída Veruca
Sigamos adelante, el tercer premio (boleto dorado) ha sido encontrado por Violet Beauregarde (Julia Winter), una niña norteamericana que vive en un suburbio de clase media. Ella es la representación de la mujer arribista y competitiva, que esta dispuesta a atropellar a quien sea para lograr sus objetivos. Es representada como una karateca y deportista que derriba y maltrata a sus oponentes: una ganadora (winner), incentivada al éxito por su madre, una rubia en sus cuarentas y ex porrista de high school.

El cuarto boleto dorado, es hallado por Mike Teavee (Jordan Fry) un niño soberbio, que abusa todo el día de videojuego y el “fisrt person shooter” e internet. “Muere, muere”, grita mientras aprieta compulsivamente su joystick. El apellido Teavee arma un juego fonético que remite a TV (television), sugiriendo el abuso que ejerce este niño sobre la pantalla como aparato mediador. Además el niño Mike, indica frente a los periodistas que hasta un retardado pudo haber descifrado como encontrar a los chocolates premiados. Refiere unas incongruentes formulas matemáticas de rastreo de las cajas de chocolate, para que su padre justifique que hoy en día los niños pueden conseguir todo mediante Internet y la tecnología. “Al final solo tuve que comprar una barra de chocolate” dice el arrogante niño. ¿Y que te pareció?, le preguntan los reporteros. “No lo se”, contesta desdeñoso, ¡Odio el chocolate! Aquí Burton esta desenmascarando como en realidad lo que compran los niños norteamericanos no son chocolates, sino armas. El contrapunto entre el videojuego violento y la alusión al conocimiento de los niños es clara. Pero en segundo lugar, se muestra también la gratuidad y la indiferencia frente a la fascinación que debería generar la visita a la fabrica de Willy Wonka. Lo único que parece interesarle a estos cuatro niños es satisfacer y ganar, es decir llenar su vacío egocentrico.

Pero, este grupo de niños individualistas sumergidos en el consumo y la competencia desenfrenada de la sociedad global, tiene que estar confrontado por otro tipo de experiencia social. Por ello, Burton va a introducir una contra-figura, y esto lo va  a hacer recurriendo a los valores idílicos del “buen pobre”.  “Pobre pero honrado” es un dicho de sentido común, que refiere a otro tipo de pobre: uno transgresivo, corrupto, para-legal. Esto último no es ninguna novedad. El director del siglo de oro mexicano, Ismael Rodríguez, reivindicaba con su trilogía (Nosotros, los pobres (1948); Ellos los ricos (1948); y Pepe, el toro (1953) el alma buena y honrada del mundo marginal que se erige en las grandes urbes capitalistas del  siglo XX. El héroe “de abajo” es Pedro Infante, quien finalmente se abre paso en medio de injurias y sufrimientos ante la verdad y la justicia. Por otro lado, Luis Buñuel, casi en una respuesta a Rodríguez, dirige Los Olvidados (1950), en donde el pobre y su marginalidad no son necesariamente un terreno de afirmación de la justicia y la martirología, por el contrario, la pobreza se desliza fácilmente hacia la perversión. 

Pues bien, en Charlie y la fábrica de Chocolate hay un intento por construir un estado de naturaleza bondadoso y armónico al interior de una familia pobre muy particular. La pareja Bucket, vive con su hijo  Charlie y los cuatro abuelos en una casita destartalada. El padre (Noah Taylor) es un obrero de faja de montaje en la fábrica local de dentífrico. La madre (Elena Bonham Carter) es ama de casa y cocina con lo que tiene a la  mano; ¿otra vez sopa de col?, pregunta buenamente resignado Charlie, ante la imposibilidad de adquirir carne. En medio de la sala viven echados los cuatro abuelos en una misma cama, cara a cara y pierna a pierna, los abuelos funcionan como una especie de alma-guía del pobre y sus imperativos y opciones morales. La única actividad recreativa del niño, es construir una maqueta en miniatura de la colosal fábrica Wonka, con las tapitas de dentífrico malogradas que su padre secretamente conserva. 

Una vez al año el niño Bucket recibe una barra de chocolate Wonka (el único gasto suntuoso que puede permitirse la familia), sin embargo, dados los acontecimientos, padre y madre deciden comprar una barra chocolate. Reunida toda la familia, esperan obtener alguno de los boletos dorados. El resultado es negativo. Luego el abuelo Joe (David Kelly) entrega secretamente dinero al niño para intentar con una nueva barra, para desilusionarse nuevamente. Finalmente Charlie encuentra un billete en la calle, corre a la tienda más cercana y compra aleatoriamente una barra Wonka, ha obtenido el último boleto dorado. Es la contingencia bañada de un halo de justicia divina y social, lo que pone al niño pobre en la figura. Este corre alborotado a casa a revelar el hallazgo, todos están rebosantes, hasta que el niño Charlie indica que es mejor vender el  boleto dorado “una mujer me ofreció quinientos dólares por el boleto, tal vez otras personas nos ofrezcan mucho más”

En ese momento el abuelo George (Davis Morris) le dice a su nieto. “Charlie, dinero se hace todo el día, no hay forma de que cambies ese boleto por algo tan insignificante como el dinero”. Y es esta última frase la que guía la moraleja punitiva de este film. Este no es un castigo conservador, por el contrario es una revuelta política progresista, porque de lo que se trata es de castigar a los niños engreídos y al imperativo (el mandato) a la posesión de bienes materiales y goce hedonista, que se ha impuesto el mundo, a consta de sacrificar la idea de ciudadanía y homogenización virtuosa (igualar y universalizar derechos de verdad, pero sobre todo condiciones de trato humano de unos a otros, de ricos a pobres, de afortunados a desafortunados, de clase A a clase D, de raza A a raza D, etc.)

Esto último queda claro en la forma como los niños, que representan algunos de los vicios de la sociedad capitalista, son simbólicamente exterminados y “fumigados” por las tretas de Willy Wonka y sus empleados los Oompa-Loompa, representados por un solo actor (Deep Roy). El detalle de los Oompa Loompa es interesante porque aquí Burton esta reconociendo la fuerza que le da la mano de obra tercer-mundista a la productividad y los servicios del primer mundo.  Cuenta Willy Wonka que después de cerrar su fábrica, viajó a una zona remota del mundo en busca de nuevas especias para sus chocolates. Ahí en las margenes del mundo encontro a la tribu Ommpa Loompa, unos “enanos tropicales” mestizos, quienes veneran el cacao. Wonka los persuade de acompañarlo a Norteamerica, donde todos trabajaran en la fábrica-mundo Wonka y en donde podrán comer todo el cacao que quieran. 

Aquí Burton, al jugar con la simbología de la opresión entre dominantes y dominados, parece reproducir una relación de subordinación entre Willy Wonka (un occidental capitalista) y los Oompa Loompa (unos indígenas sin conocimiento que son embaucados por un empleador en otro lado del mundo). Sin embargo Burton más allá de este sentido común. En realidad Wonka es un excéntrico, un loco que ha establecido un orden comunista al  interior de su fábrica. En el film se recuerda que Willy Wonka se ha autonomizado como sujeto, por la ruptura con la figura paterna: Un dentista (Christopher Lee) maniático que severamente prohíbe al niño Wonka comer dulces. Es esta ruptura con la figura del padre, que hace de Willy un sujeto escindido, que se reconoce sin referentes, que lo autonomiza como figura económico-política (finalmente Willy tuvo éxito gracias a romper con su padre), pero que revela un agujero doloroso, un vacío solipsista. Es esta soledad, en la posición de un amo flexible, la que regula la vida homogenizada de los Oompa Loompa, quienes en su posición de indígenas y empleados migrantes del tercer mundo, se cobran una revancha sugerente frente al disfuerzo de niños engreídos y consumistas, que hacen de la comida (del chocolate) un bien hedonista y egocentrico, desconociendo la permanente hambruna que acecha a diversas comunidades en el mundo (África, Haití, etc.). 

Esto último se va a expresar claramente en el formato del musical. Una vez en la fábrica, los niños serán castigados y re-educados, por los Oompa Loompas, quienes cantan unas canciones que develan la gula, el egoísmo, la competitividad desagarradora, la soberbia y la autosuficiencia utilitarista de la fría racionalidad científica. Todos males narcisistas de nuestra época, que Burton quiere combatir. Más aún, el film no sólo tiene un contenido simbólico, no sólo nos dice simbólicamente lo que esta mal en la sociedad contemporánea, sino que además tiene un contenido preformativo. En el DVD del film, viene un tutorial para aprender a cantar y bailar las cuatro canciones y coreografías críticas de los Oompa Loompas, frente a todos esos niños malos que hacen bullying en las escuelas norteamericanas, y general frente a los valores deshumanizantes de un capitalismo consumista que despolitiza la vida social.   

Finalmente, todos los niños han sido “fumigados” por la receta progresista de Wonka y los Oompa Loompas. Sólo queda Charlie, a quien Wonka le revelará que en realidad el es el ganador de este jueguito, y el premio implica ser el sucesor del imperio Wonka  – este último había asumido en su soledad, la imposibilidad de crear una familia propia. El único requisito que le exige al niño es que se mude a la fabrica con el y abandone a su familia, frente a lo cual el niño se niega rotundamente. “No todo es trabajo y éxito señor Wonka, ¿donde esta su vida?”, parece preguntar el niño. Así, frente a los valores desintegradores que representa cada uno de los niños “fumigados”, Burton también denuncia el individualismo exitista de Willy Wonka, que lo ha sumido en una vida sin vínculos emotivos. De esta manera el film se cierra abogando por la necesidad de reconstruir un lugar de reconocimiento emotivo: el amor y la amistad paterna, (Wonka se reencuentra con su padre) así como, la adopción de una nueva familia: los Bucket. Amor y familia, dos bienes, subjetivo y colectivo que se plantean como balances a la receta robótica del capitalismo avanzado.

Los Bucket
                                                           

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