martes, 9 de octubre de 2012

El Páramo

La escena del horror latinoamericano es aún incipiente, si la comparamos con el descomunal aparato hollywoodense o las producciones europeas, pero no necesariamente escasa de buenos títulos. Si realizáramos un catálogo, tanto Argentina como México han sido las cabezas de lanza de un mapa de horror aún en construcción. En los últimos años, sin embargo, se han sumado producciones periféricas como La Casa Muda de Uruguay y Baby Shower de Chile, que crean la saludable ilusión de un terror emergente desde Latinoamérica. Y en ese espacio en ebullición, se adhiere Colombia con El Páramo (2011), una muy buena película de Jaime Osorio Márquez.

El Páramo cuenta la historia de un grupo de militares colombianos, los cuales deben ir a una base del ejército localizada en las montañas, con la que han perdido todo contacto. Al llegar, la encuentran abandonada, solo con rastros de sangre y vestigios de una matanza. La primera sospecha es que fueron víctimas de un ataque de las guerrillas, hasta que encuentran a una sobreviviente. A partir de ese momento, la soledad, la paranoia, la irrupción de elementos del folklore colombiano, las críticas al autoritarismo y la victimización de los civiles en la guerra interna, conforman los elementos de una apremiante atmósfera rodeada de misterio, niebla y muerte.


Quisiera abrir un pequeño paréntesis para hablar de Perú, cuya escena de terror es muy pobre, solo rescatando un par de títulos amateurs y hechos en provincia. Quizá eso ameritaría un análisis posterior. Lo que deseaba resaltar, es que la creación de la atmósfera del Páramo la he visto en una sola película peruana, la que es para mí una de las mejores que hemos hecho, La Boca del Lobo de Francisco Lombardi. Aquí el ejército peruano combate a un escuadrón terrorista en un pueblo de los Andes, pero uno de los logros de Lombardi es la invisibilización del enemigo. Los terroristas jamás son vistos y por tanto, el enemigo es ubicuo. Ese miedo de estar constantemente amenazado crea una aprensión total en el espectador, contribuyendo a la paranoia y locura. Jaime Márquez logra transmitir la misma sensación en su película, en una suerte de terror psicológico donde el miedo y suspenso se colocan por encima de la sangre para crear la omnipresencia del horror. Lo que hizo Lombardi hace más de 20 años, en un contexto de guerra, encuentra paralelos en Márquez en una película con distintos registros, pero creando una incomodidad similar en el espectador. El mal, el horror, no es localizable. El mal humano no se puede cosificar y colocarlo en un enemigo a destruir. El horror de la naturaleza humana está latente en todos.

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Cortez, cuando la cordura se desmorona

No obstante, no quiero dar la impresión que estoy nombrando a Lombardi como un precursor de Márquez, solamente lo señalo como una referencia a tomar en cuenta. En todo caso, si tendría que pensar en otro paralelo, de hecho que John Carpenter con The Thing (1982) es mucho más cercano. Márquez, como Carpenter, enfrenta a un equipo aislado contra un enemigo no localizable y que sin embargo puede estar en todos lados. Y esta impotencia, degenera en temor y paranoia, haciendo que el equipo termino liquidándose uno a uno. Pero además, adapta la sensación de encierro, otro elemento básico en una buena película de horror. En El Páramo, la siniestra belleza de la montaña, rodeada de una ominosa niebla cierne una sombra sobre el escuadrón. Ellos deben buscar refugio dentro de la base, aumentando la desesperación y claustrofobia, pasando hasta el asco del contacto humano. El hombre al final se vuelve su propia prisión, arañando las paredes de su cuerpo en busca de una luz de esperanza. El “indio” Fiquitiva (Nelson Camayo) tiene una actuación impecable, sobre todo cuando en una trinchera encuentra los restos del escuadron perdido, todos en estado de descomposición y siendo alimento de los buitres. A partir de ese instante, pierde la razón sintiendo que le han pegado la sarna, buscando escapar de su propio (y enfermo) cuerpo.

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La asfixia y la sensación de estar sin salida se cierne sobre los personajes

Para ser justo, tendría que detenerme en rescatar la performance de cada uno de los actores, como el miedo que transmiten los ojos de Ponce (Juan Pablo Barragan), la degeneración de la cordura que grafica el rostro de Cortez (Alejandro Aguilar), la culpa de Ramos uno de los militares opuestos a la matanza de civiles acusándolos de guerrilleros (Juan David Restrepo) o la las sensaciones que la “bruja” (la argentina Daniela Catz) transmite sin pronunciar palabra alguna. Y ese es otro logro del film, la “bruja” no habla pero sí amenaza. Su presencia viene a descentrar el orden militar que ya de por sí mostraba su inconsistencia (uno de los soldados cuestiona las órdenes de matar civiles). La película no ahonda en ello, pero horada nuestra posición e idea de lo que es bueno y necesario para salvaguardar la paz. Y eso ya es suficiente. El Páramo, como la niebla, muestra una consistencia digna de celebrar. Desde el primer minuto hasta el final, con picos muy altos (cuando la energía eléctrica se corta) el film mantiene una tensión constante, con actuaciones sobresalientes y un escenario que por sí mismo es otro actor que llena de miedo. Definitivamente, una de las película de horror más logradas de esta parte del continente y esperemos que sea la piedra base de un género que tiene mucho más que dar.

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