lunes, 16 de abril de 2012

Videodrome

En un muy buen artículo de Marshall McLuhan, escribía cómo el sujeto contemporáneo se relaciona con su entorno a través de las noticias en la televisión, pero no como uno podría pensar, como sustituto de la realidad, sino que esto en pantalla sea de hecho la realidad inmediata [1]. Esto por supuesto se vuelve un pensamiento perturbador desde el instante en que uno pasa una alienante hora frente a la televisión viendo el noticiero, donde el nivel de violencia y muerte roza los límites macabros, pero como McLuhan indica, permiten al televidente sobrevivir en su burbuja cínica. Este argumento me remite a un tema sobre el que he escrito en un par de artículos acerca de la distancia entre la pantalla y el espectador, sobre todo en el género de horror. En efecto, estamos tan absorbidos por la violencia en pantalla, que esta difícilmente nos conmueve o peor aún, nos hace pensar en el peso de su propia naturaleza. En esta avalancha reciente del torture porn, con títulos como Saw, Hostel, The Collector, etc, la atrocidad de la violencia difícilmente es cuestionada y está presente por el solo hecho de reasegurar su identidad dentro del género. Es decir, trazar una equivalencia de muerte y destrucción física con el horror.



Pero hay directores que van más allá y uno de ellos es sin duda David Cronenberg. En Videodrome (1983), casi 30 años que existiesen televisores inteligentes, lentes de realidad aumentada, etc., ya con un casete de Betamax podía crear una historia donde el horror no venga de la mano de la fácil destrucción física, sino de la inquietante creación de un nuevo cuerpo. Videodrome cuenta la historia de Max Renn (James Woods), el presidente de una estación de TV de poca monta, cuya programación consiste en películas de porno softcore y otro contenido violento. Hasta que capta la señal de Videodrome, una señal de películas snuff (torturas aparentemente ficticias) que definitivamente pondrían a su canal en la palestra. Pero Renn se vuelve adicto a esta señal que incluso empieza a afectar su mente y su cuerpo, distorsionando lo real con sus alucinaciones.

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Precisamente, este nuevo cuerpo o la nueva carne como se menciona en la película viene de la mano de la idea de la mutación como una forma de experiencia visual. Como explicaba al inicio, desde el plano cotidiano hasta la ficción, el espectador se salvaguarda de la violencia en pantalla gracias a una cómoda abstracción, experimentándola a través de un filtro que oscurece lo que realmente es. Vemos cuerpos triturados, perforados, destajados pero somos incapaces de sentirlo. Sensorialmente, no somos parte de la destrucción del cuerpo. Ver la muerte y destrucción en pantalla nos reconforta, y en algunos casos nos excita, porque la vivimos a partir de una aséptica distancia. Al no ser parte de nosotros, no hay culpa ni carga ética, y es justamente allí donde Cronenberg hace el llamado de atención y al cortar la distancia con la idea de la nueva carne lo pone en la perspectiva correcta. Del mismo modo que un par de años después lo hiciera Michael Haneke en Funny Games (1997) de una manera mucho más cruda pero igualmente efectiva. La diferencia desde mi punto de vista, es que Cronenberg no juzga esta muerte o violencia en pantalla, ni habla de la justificación o de la futilidad de esta. Solamente quiere que sepamos que está ahí y qué hace cuando está unida a nosotros.

Se entiende entonces que en Videodrome, Cronenberg no denuncia la destrucción o degeneración del cuerpo, sino que dilucida la posibilidad de crear una vida nueva a partir de la toma de conciencia. Desde la nueva carne o hasta la posibilidad del hombre descarnado, idea que sugiere McLuhan como aquel hombre desprovisto de su cuerpo físico en el nuevo estado propuesto por la tecnología, son todas posibilidades de existencia, con sus peligros y posibilidades. Cronenberg las piensa a partir de la crudeza de una imagen visceral, allí donde la abstracción de emociones o de una idea toma cuerpo. Gracias a él, es posible ver a la carne latir, al sujeto respirar el temor, a la ansiedad y el miedo volverse parte del cuerpo, como el casete entrando en el estómago de Max Renn.

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Aquí surge una idea fundamental que Cronenberg nunca pierde de vista, pero muchos de nosotros quizá sí. ¿Es el cuerpo algo natural o es una construcción? Definitivamente, el cuerpo es producto de la cultura y no de la naturaleza. El sujeto no es más que materia en constante proceso de significación, es decir, que el sujeto no es el origen de sí mismo sino que somos constituidos a partir del contacto con el otro. Lo que Cronenberg sugiere es que este otro son los medios de comunicación y es a través de ellos que el hombre está en contacto con el mundo. Un claro ejemplo, es el personaje del profesor Brian O'Blivion (Jack Creley) cuya mediación con el mundo exterior es a través de la pantalla de la televisión, aún cuando su cuerpo físico hace mucho que está muerto. De tal manera, ¿es posible hablar de una disolución entre la tecnología y el hombre? Es una constante en el cine de Cronenberg ver la recomposición de la idea del hombre y el resultado de esta hibridez hombre-cosa ante el hiperdesarrollo tecnológico y la compulsión humana por no quedarse fuera. Pero atendiendo a que cada uno crea al otro por el solo hecho de estar en contacto. Existe un hombre antes y otro después del encuentro con la tecnología. En el caso de Videodrome, es tu cuerpo el que se vuelve el aparato de la televisión.

Esta preocupación de Cronenberg acerca del ser y el cuerpo es algo que ha llevado a varios críticos a llamarlo uno de los exponentes del bio-horror. Etiqueta pomposa pero limitante, pues solo se enfoca en la muerte y el fin del cuerpo pero no en las posibilidades de su transformación. Por un lado, la idea del miedo en las películas de Cronenberg no está localizada en un solo punto. No existe, a diferencia de la gran mayoría del cine de horror, un ser ominoso que acabe con la sociedad. En sus películas se habla de un miedo en el cuerpo pero paradójicamente, es incorpóreo y omnipresente, está en todos lados y extendiéndose. En Videodrome, es el cáncer a través de la señal de televisión y que crece en nosotros, haciéndonos presas y esclavos de alucinaciones perdiendo la noción de realidad. Por otro lado, el miedo y la muerte en el cine de Cronenberg, no están fuera y tampoco van del lado de lo aborrecible, sino de que estar del lado sensual del cuerpo, va desde dentro y es de cierta manera, placentero. Así como eXistenZ (1999), Rabid (1977), o hasta The Fly (1986), sentir el cuerpo es precisamente una experiencia simultánea de vida y muerte, de dolor y placer. A partir de las limitaciones de la ciencia y la liberación de la sexualidad, las posibilidades de creación son infinitas pero al mismo tiempo, las de destrucción son inexorables.

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Long live the new flesh!

[1] "A Last Look at the Tube", New York Magazine, 1978.


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