lunes, 24 de octubre de 2011

Drive

Si queremos ubicar rápidamente a este film en algún horizonte, podemos decir que este es una mezcla de Heat, de Michael Mann (1995) y The Departed, de Martin Scorsese (2006). Sin embargo, este film tiene su propio sello, siendo complicado etiquetarla. Se le parece en algo a una película de Clint Eastwood que no mencionaré, pero sólo un poco. Ubicada en Los Angeles, Drive de Nicolas Winding Refn (2011), retrata una historia del bajo mundo traslapada con un relato de amor idílico. Ryan Gosling, el joven actor gringo con estirpe de estrella de los cincuentas (Stewart, Peck, Newman, etc.) es “Driver” un doble de películas de acción en Hollywood, que conduce automóviles performando piruetas, persecuciones y choques. Su personaje delinea el arquetipo del anti-heroe anónimo de la sociedad de masas: hiper-flemático y antisocial, sin pasado, sin futuro, tierno y brutal; y que para variar, se enamora de una mujer casada. Es el tipo que todo sujeto no asimilado al orden dominante de la sociedad podría y querría ser.

Driver se ve envuelto en un complejo tejido mafioso para ayudar a “Standard” (Oscar Isaac) el marido –recién salido de la cárcel— de Irene, la vecina a quien ha estado frecuentando. Un dato importante es que este contacto amoroso es narrado por el film poniendo entre paréntesis la animalidad de la sexualidad desenfrenada, tan común en nuestra época banal. El director Winding Refn (Pusher La Trilogía 1996, 2004, 2005; Fear X 2003; Bronson 2008; Valhalla Rising 2009) opta por pasarnos un encuentro sexual de otro tiempo, enfatizando el amor filial y fraternal del judeocristianismo, por lo general, vaciado de pulsión poseedora (carnal). Mientras Standard purga su condena somos testigos de una triangulación melancólica entre Driver, Irene y Benicio (el hijo de Irene y Standard) que se desenvuelve en la pasividad de la mutua compasión empática.



Cuando Standard sale de prisión las cosas se mundanizan. La realidad idílica se derrumba y con ese resquebrajamiento aparecen los rasgos ocultos del protagonista, su división subjetiva entre la obscenidad del mundo del hampa que lo ha criado y la limpieza y simplicidad que representa Irene y su hijo. Es el futuro posible que se le muestra, pero al mismo tiempo es como si la aparición del competidor sexual (Standard) recordara que la vida es una maldita carrera de antagonismos irreconciliables. Aquí es donde la figura paterna de Driver, un mecánico y preparador de autos de carrera (Shanon) va a sucumbir frente a los personajes de Bernie (Albert Brooks) y Nino (Ron Perlman, Hellboy) quienes van a encarnar a un par de padres realmente obscenos, que imponen su ley a punta de cuchillo, mostrándonos con naturalidad el típico cálculo de la lógica mafiosa.


La película tiene también una dimensión que se acerca a lo onírico, en el sentido de Lynch y que sabe ambientar bien Angelo Baladamenti, quien nos entrega un soundtrack superior. Mención a parte para las escenas estilizadas de agresión, porque estas son realmente excepcionales y sin concesiones. Recuerdan a la acción estilizada de Walter Hill en The Warriors (1979), con la sensación de realidad de Masacre en Texas de Tobbe Hooper (1974). En algunas ocasiones, la violencia esta sugerida, o narrativizada, en otras, cuando todo parece estar bajo control su lógica asume el protagonismo intempestivamente, fluyendo con coherencia y una sobre-exposición, justamente dosificada. Lo mismo aplica para las escenas de acción, porque el lenguaje realista te permite posicionarte empáticamente en ellas, como si estuvieras en la situación. Más allá de algún detalle menor hacia el final, en medio de tanto desecho digital o chatarra cinematográfica orbitando en la sociedad global, Drive es una de esas obras que dan esperanza y que muestran que la sensibilidad creativa   siempre se abre paso. Winding es uno de los mejores directores jóvenes de la época.


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