viernes, 16 de septiembre de 2011

I saw the devil

Por lo general cuando vemos películas, entramos en un territorio conocido. Digo, estamos ya acostumbrados a muchos de sus formatos, tipos narrativos y jugarretas. Como espectadores, hemos adquirido desde niños ciertas competencias para descifrar como funciona esa re-presentación del mundo que es el cine. Inclusive cuando los directores manieristas y posmodernos comienzan a romper la lógica en general, las personas pueden entrar fácilmente en el lenguaje propuesto. Una hipótesis es que este aprendizaje muchas veces hace que la experiencia cinematográfica se aletargue, se convierta en un mero ritual social que en vez de proporcionar nuevos acontecimientos en la percepción subjetiva, la domestican y estandarizan. En corto, al cine cada vez más, le cuesta sorprendernos.

Por ello, cuando aparece algo que es diferente, que nos gratifica o mortifica, más allá de nuestras seguridades adquiridas, estamos frente a lo que Alan Badiou llamaba el acontecimiento.
El acontecimiento puede ser político, amoroso, estético, etc. Y nos muestra un camino inesperado, radicalmente diverso a como asumimos el orden normal de las cosas. Creo que I saw the devil (2010) de Jee-woon Kim, nos acerca a esa experiencia. Lo interesante es que no lo hace movilizando el placer, el amor o la satisfacción narcisista del sujeto, todo lo contrario, lo hace desde lo siniestro.

Kyung-chul (Choy Min-sik), el protagonista de Oldboy (2003) de Chan-wook Park, es un asesino serial. En una de sus noches de caza, mata a la esposa de un joven y destacado policía. La trama del film se centra en la venganza. Utilizando ilícitamente una serie de facilidades policiales –la justicia siempre esta amparada en una ley nocturna y obscena—, el joven viudo Kim Soo-hyeon (Byung-hun Lee) arremeterá su ira contra el asesino. Aquí el film plantea el obvio dilema moral entre la posición tradicional occidental: la judeocristiana y otra más pulsional: instintiva, animal, que podría en todo caso relacionarse a lo “incivilizado”.


Como recuerda el dicho del Chavo del Ocho: “la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”, este precepto nos remite al sufrimiento doliente del cristiano que disminuirá poco a poco por la fuerza redentora del perdón humano. Es decir según esta máxima, nos curamos perdonando el agravio. Y justamente aquí esta la contribución discursiva de este film, negando la posición humanista del cristianismo y la juricidad moderna, superando la lógica del mártir que entrega la otra mejilla, para aventarse a una búsqueda que se va a centrar ya no en la espiritualidad del sujeto, sino en su anclaje primitivo, en la parte de su animalidad que no ha podido ser civilizada y que todos tenemos adentro. Algo similar plantea Se7en (1996) de David Fincher, cuando el detective Mills (Brad Pitt), en un fugaz instante decide matar al psicótico que asesino a su esposa. Entre darle la ley humana o tacharlo del mundo, Mills opta por lo segundo.

Pero a diferencia de Mills, Kim esta entregado al acto repetitivo de castigar. Por ello, su venganza y odio rebotan, aprisionándolo en un espiral que la agresividad no podrá nunca paliar. Esa voluntad de afirmación fálica por salirnos siempre con la nuestra, de tener la última palabra, y cerrar las cosas a nuestra manera, es precisamente la característica humana que el film quiere reafirmar. Al estar instalado en el castigo, Kim coquetea con la locura, pero al mismo tiempo ensaya una búsqueda propia (contra las leyes de la comunidad), para purgar el dolor: El mismo se enviste en el lugar de la ley y su administración.

Hay un condimento fundamental de esta nueva propuesta ideológica para la expiación que se asienta en una manipulación específica de las escenas macabras. La estrategia puede remitir a lo que Freud llamo lo siniestro. Lo siniestro no es aquello extraño y oculto que nos perturba. Lo siniestro es descubrir la experiencia de la extrañeza en lo cotidiano, en lo común: cuando vemos lo perverso en la sonrisa angelical de una mujer o cuando percibimos que nuestra vida no tiene un sentido último, etc. Digo esto porque si bien el film aplica el gore y nos muestra partes corporales y fluidos sanguíneos de forma explícita, la forma en que estos son mostrados, ya no nos lleva a esa risita nerviosa y estúpida que se nos sale en alguna película gringa de este tipo. En esos casos nos reímos porque la risa y la burla son una prueba de la domesticación de nuestras pulsiones, entonces en muchos films ya no nos tomamos en serio las imágenes sobreexpuestas de nuestros cuerpos lacerados.

En I saw the devil, pasa todo lo contrario, ahí la brutalidad del carnicero humano, no nos produce risitas de evasión cognitiva, sino arcadas. Algo parecido a lo que hizo Henry, retrato de un asesino (1984) de John Mcnaughton, registrando la cotidianidad del asesino, la normalidad del anormal y sus prácticas. De la misma manera que en “Henry”, las arcadas nauseosas que nos produce I saw the devil están acompañadas por una sensibilidad artística, decididamente oriental, que nos invita a mirar y sufrir todo lo que se muestra, pero al mismo tiempo disfrutar su honestidad.


I Saw the Devil (2010) on IMDb
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