jueves, 23 de febrero de 2012

Melancholia


Con Melancholia (2011), Lars Von Trier persiste en la posición de la mirada femenina. En su filmografía se insiste afanosamente en la entrega absoluta de la mujer, su demanda infinita (universal), su heroísmo anti-convencional y una forma aparentemente “única” de romper desde su sensibilidad con el orden patriarcal, y su naturaleza técnico-científico, poseedora y cínica. Claro esta, este es un tipo de mujer muy particular que representa una especie de semilla creativa de la posición femenina generalizada. Por lo menos en Breaking the waves (1996), The Idiots (1998), Dancer in the Dark (200O) y Dogville (2003) y ahora en Melancholia, el protagonismo de la mujer como un catalizador de cambio y autenticidad en la vida social humana, se hace innegable. Y es que la mujer parece monopolizar en su constitución subjetiva original, una experiencia radicalmente alternativa a los ejes patriarcales para interpretar el mundo. En términos lacanianos, la mujer, al ser socializada (castrada) en el mundo al momento de nacer, no posee una plena identificación con el Padre (y con la idea del padre) y su símbolo libidinal de poder y orden: el falo. Es por ello que la experiencia femenina es tan rica para construir narrativas post-occidentales (meta-racionalistas)

En Melacholia, Justine (Kirsten Dunst) representa claramente ese terreno, y que mejor que el día de su matrimonio para comenzar a desestabilizar las seguridades de la tradición. Justine padece de una condición que la empuja hacía un sufrimiento doliente. Una especie de depresión aletargante que la paraliza, la desconecta, pero que al mismo tiempo la afirma. El film tiene dos partes. La primera enuncia los fundamentos de la condición de Justine desde el escenario de su propia boda frustrada. En ella, -al mejor estilo de Festen (1998) de Thomas Vinterberg- Von Trier va a golpear el ideal monogámico del matrimonio como ritual de unificación inquebrantable. La división subjetiva de Justine se debate, por un lado, entre la alegre poligamia de su padre (John Hurt), quien ha asistido a la boda en compañía de sus 2 mujeres (Betty 1 y Betty 2); por el otro lado, de su madre (Charlotte Rampling), la representación de la desesperanza y la amargura de la mujer que ha reconocido de hecho las fisuras de la institución monogámica y que despotrica contra ella en público.



Una primera idea es que el matrimonio no puede clausurar el deseo de la mujer. No lo puede acotar a un cuerpo rígido de normas, pero sobre todo, el matrimonio no siempre es reciprocidad, y eso el director quiere dejarlo muy en claro. Justine es el vehículo de Von Trier para plantear el “anti”. Es la fuerza contra-ideológica del orden monogámico, pero que no se refugia en otra ideología alternativa, sino que se queda sin marcos de referencia simbólicos (sin pisos fantasmáticos), para entregarse a la más profunda inconexión subjetiva. Pensemos en Dancer in the Dark, en donde Bjork se regocija en el canto y se cuela imaginariamente en escenas del típico musical norteamericano, implosionando la naturaleza del musical para entregar un canto fúnebre. Lo mismo pasa en Dogville, en donde esta claro que la mujer no debe entregar la otra mejilla, sino descargar toda su furia contenida contra aquellos que la vejan. A diferencia de estas dos heroínas referidas, en Melancholia Justine es la representación de la imposibilidad del contacto humano, el extremo de la cerrazón contemplativa que libremente esta fijada en una posición existencial que avanza hacia la muerte y su gratuidad, no hacia el amor-sacrificio o la venganza, como en los casos de Dancer in the dark y Dogville, respectivamente.

Paralelamente a la estrategia de desmoronar el ideal monogámico (cosa no difícil en nuestra época) existen otras alegorías que se adhieren y presionan a Justine. El personaje de John (Kiefer Sutherland), es en definitiva un sustituto de la figura paterna. John es esposo de Claire (Charlotte Gainsbourg), la hermana mayor de Justine. Ambos son anfitriones de la boda, pero no van a poder encausar las pulsiones de la novia. John asume la posición del orden, del deber ser, debe velar por el correcto desenvolvimiento de las cosas, o en todo caso por construir las apariencias que esconden las verdaderas pulsiones de Justine. De hecho posee una personalidad que es rápidamente relacionada a la cientificidad. Una característica que como se verá en el film, es la primera en resquebrajarse. A su vez el personaje de Jack (Stellan Skassgaard), el jefe de Justine, representa la presión del éxito laboral y las concesiones individuales que la joven debe performar para lograrlo en el contexto capitalista. Por su parte Claire, la hermana de Justine, es la mujer ejemplar (esposa-madre) ya asentada y supuestamente vaceada de deseo, que ha tenido que asumir la posición de la madre de Justine ante un aparente alejamiento de la madre real.

Por último, la segunda parte nos devela un trasfondo más macro para la melancolía de Justine. Su tristeza permanente esta en triangulación directa con un fenómeno cósmico de génesis y destrucción. Un encuentro geométrico de dos astros que nos recuerdan de la manera más brutal dos cosas. La primera, que en un tiempo en donde la ciencia domina, ésta al mismo tiempo es impotente ante la experiencia humana y ante su propio campo de estudio (la naturaleza). La segunda, que los seres humanos caminamos, así como nuestro mundo, hacía una necesaria y natural desaparición. Así, Von Trier desde una típica narrativa “pretensiosa” (como este artículo) devela el agujero esencial que organiza la vida subjetiva de las personas, trasladando ese hueco al caos del universo.



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