
Entre las líneas que tejen la narrativa de Garth Ennis, uno de mis escritores favoritos, está su desdén por las convenciones sociales y el entramado cultural que constituye al sujeto. En sus historias (Preacher, The Authority, Hellblazer, The Boys, etc.) los temas comunes son la violencia inherente al ser humano, el sexo y un ácido cuestionamiento por la ficción que llamamos sociedad.
No obstante, siempre había un límite en lo humano que impedía que todo ese atrevimiento nos explotara en la cara, como un último resquicio de cordura que evitaba que se cayera por completo la máscara de los seres civilizados. Pero Ennis, junto al artista Jacen Burrows (Blackgas, las series de The Living Dead, etc.), decidieron forzar esos límites y crear la historia más depravada y cruda que muestre a ese ser humano sin límites, sin máscaras, en toda su irracionalidad animal como pura pulsión tanática. Un ser dominado por los impulsos primarios de comer, matar y copular.
No obstante, siempre había un límite en lo humano que impedía que todo ese atrevimiento nos explotara en la cara, como un último resquicio de cordura que evitaba que se cayera por completo la máscara de los seres civilizados. Pero Ennis, junto al artista Jacen Burrows (Blackgas, las series de The Living Dead, etc.), decidieron forzar esos límites y crear la historia más depravada y cruda que muestre a ese ser humano sin límites, sin máscaras, en toda su irracionalidad animal como pura pulsión tanática. Un ser dominado por los impulsos primarios de comer, matar y copular.



