Si en el mundo contemporáneo hay algún imperativo moral que ha cobrado fuerza frente al pensamiento racial-nacional (el imperialismo colonialista europeo) del siglo IXX y de la mayor parte del siglo XX, esa es la lógica del multiculturalismo. Pudiendo rastrear sus antecedentes en las reflexiones filosóficas sobre el alma/cultura de los indígenas conquistados en las llamadas Indias, en la actualidad, desde la década de los noventas emerge una nueva visión liberalista que pretende complementar la diferencia y la pluralidad étnico-cultural del mundo, con la voluntad occidental-racionalista de homogenizar (universalizar) las coordenadas de una naturaleza humana. Este es un debate teórico interesante del cual no nos ocuparemos aquí. Antes bien, nos interesa mostrar como es que efectivamente la lógica multicultural se expresa en la cultura masiva y globalizada.
En un mundo en el cual la cultura y los objetos culturales: las tradiciones, las ruinas arqueológicas, los platillos típicos, la música tradicional etc., son fetichizados y convertidos en meras mercancías para el turista extranjero, pero también para el consumidor local (cosmopolíta o emergente), el multiculturalismo debe construir un discurso de unificación a partir de la incorporación de lo subalterno a lo dominante. Es decir poner un cuy en un plato gourmet, o resaltar a la música negra o amazónica desde la música electrónica o el rock, o aplicar motivos étnicos a los exclusivos diseños de ropa o accesorios, etc. La intención es plantear que lo que antes estaba en una relación de subordinación, ahora cuenta de reconocimiento y de un mismo estatus moral, social, económico, cultural, frente a la “alta cultura” o a las elites de una sociedad.
